jueves, 27 de febrero de 2014

EXPLICAR A LOS COLECTIVOS SOCIALES EN LA ACTUALIDAD

La 'poster girl' de la clase obrera
Tiene un diablo tatuado en el pecho y sabe que es mala persona, no necesita que nadie se lo diga. Fuma y bebe delante de sus dos hijos, que no recuerdan el rostro de sus respectivos padres. Vive rodeada de lo más bajo en la escala social, incluida una vecina, Black Dee, a la que detuvieron por traficar con "crack" y de la que tomó prestado el nombre de guerra...
Con ustedes, White Dee, 42 años, vecina de la "Calle de los Subsidios" en Birmingham, convertida en "antiheroína" nacional en un reality show ("Benefits Street") que explora todas la bajezas de la clase obrera, mucho más allá de lo que nunca llegó a imaginar Ken Loach. Sus detractores lo llaman el "porno de la pobreza".
"White Dee representa lo peor de lo peor de Gran Bretaña", proclaman en enormes titulares los tabloides, que sin embargo la adoran. White Dee anuncia que se presentará a las elecciones.White Dee está grabando un disco de rap. White Dee admite que no tiene ninguna intención de trabajar y que la mitad de los días se los pasa en pijama.
Aunque ahora, raro es el día que no la despiertan en su casa de James Turner Street con una nueva oferta. Tal es la avalancha, que White Dee ha "fichado" a un agente, Barry Tomes, y entre ambos estudian cómo capitalizar su fama: "Me han ofrecido posar en "top less", pero es que las tetas me llegan hasta las rodillas y no hay mucho que ver. Los hay que se ofrecieron a comprarme sujetadores especiales, por si algún día vuelven a pasar la serie en el Canal 4".
El humor y el descaro ante las cámaras han convertido en improbable estrella a White Dee (cuyo nombre real es Deirdre Kelly, hija de inmigrantes irlandeses). Mientras sus vecinos hacen causa común y denuncian la serie "Benefits Street" por explotar sus miserias, ella sigue multiplicando sus veinte minutos de fama a carcajada limpia:"Soy mala persona y tengo mis demonios como cualquiera, pero me gusta reírme, de los demás y de mí misma, y eso me da fuerzas algunos días para levantarme de la cama".

Lumpen del siglo XXI

A mediados del siglo XIX, Marx definió la categoría de lumpemproletariado.Con la vibrante literatura que practica cuando ejerce de periodista, escribe en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Se organizó el lumpemproletariado de París en secciones secretas (…) junto a roués arruinados con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra toda la masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème”.
Desde aquí se acuñó el concepto de lumpen, que ha evolucionado con la sociedad de cada tiempo pero que ha aglutinado siempre, como elementos constantes de sus componentes, los de ser la clase social más baja, sin conciencia de clase (la clase en sí frente a la clase para sí) y sin organización política ni sindical. Así, la estratificación social estaba formada por los andrajosos, la clase obrera y la clase alta. Un siglo y pico después, cuando la revolución conservadora que inició Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en EE UU se hizo hegemónica, irrumpieron con fuerza las hasta entonces incipientes clases medias, las sociedades de propietarios, a las que trataron de sumarse en el ejercicio del progreso social los proletarios y parte de los más abajo. El icono principal de esas clases medias era la vivienda en propiedad, para lo cual debían endeudarse para toda la vida y depender del crédito de los bancos.
Los efectos de la Gran Recesión inaugurada en el verano del año 2007, que se trata de la crisis más larga y profunda del capitalismo desde la Gran Depresión de los años treinta, suprimen la movilidad de las clases sociales y quiebran esa idea del progreso lineal. El empobrecimiento de las clases medias las está arrastrando, de nuevo, a la parte más baja de la escala social. Como el mito de Sísifo. Y ello en un contexto de desigualdad (de ingresos, de patrimonios, de oportunidades) brutal. Muchos analistas comienzan a hablar de una nueva estratificación social en esta segunda década del siglo XXI, cuyos extremos son los desafiliados (Robert Castel), aquellos que van quedándose al margen del progreso, y las elites que se rebelan (Christopher Lasch), abandonan al resto de las clases sociales a su albur y traicionan la idea de una democracia concebida por todos los ciudadanos. Estas élites, financieras, políticas o mediáticas, redistribuyen los estereotipos de la clase trabajadora a la que culpabilizan por haber vivido por encima de sus posibilidades, y los de las subespecies como la de los chavs de Owen Jones, parte del nuevo lumpemproletariado del siglo XXI: jóvenes que ni estudian ni trabajan, parados o con sueldos tan bajos que ser mileuristas es su utopía factible, poco reivindicativos pero con sensación de pertenencia a una tribu, y siempre con un teléfono móvil en su mano y ataviados con alguna prenda (original o copia) de marca. Con mucho acierto, Jones ha pretendido con su libro sobre la demonización de la clase obrera deconstruir los mitos de la revolución conservadora (todos somos clase media) y los efectos de la desigualdad extrema (como desigualdad natural) en la calidad de la democracia y en la cohesión social.

Las siete clases sociales en el Reino Unido

Quizá el clasismo siga siendo inherente al Reino Unido de hoy, pero la división de su sociedad ya no se corresponde con los tres clásicos estratos asentados en el siglo XX: clase alta, media y trabajadora. Un ambicioso estudio, auspiciado por la BBC con la colaboración de expertos de la London School of Economics y la Universidad de Manchester, acaba de desbaratar esos estereotipos por considerarlos una reducción muy simplista que no tiene en cuenta factores esenciales como el capital social del individuo o sus intereses y actividades culturales, y que se traducen en hasta siete diferentes clases sociales.
La nueva radiografía social británica, elaborada a partir de una investigación que ha implicado a 160.000 personas, todavía está definida en sus dos extremos antitéticos por una élite opulenta y una clase que apenas subsiste con la ayuda del Estado, calificada por el estudio de “precariado” (precariat, en inglés). Es en las escalas intermedias donde se precisan las matizaciones, porque los tradicionales conceptos de clase trabajadora y clase media solo se ajustan actualmente a un 39 por ciento de la población.
La clase obrera ha menguado en el siglo XXI y la noción genérica de clases medias aparece hoy más diversificada, dando paso a otras nuevas subcategorías. De menos a más, seguiría a los peldaños del “precariado” y la clase trabajadora un sector denominado “trabajadores emergentes de los servicios”, individuos mayoritariamente jóvenes y urbanos que, a pesar de sus bajas rentas, son muy activos en los ámbitos cultural y social. Un escalón por encima lo encarnan los “nuevos trabajadores acomodados”, muy parecidos sociológicamente a los anteriores aunque disfrutan de medios económicos más holgados.
La “clase media técnica”, el siguiente paso en el escalafón, aparece por el contrario menos interesada en el consumo de productos culturales, si bien dispone de ingresos más altos. En penúltimo lugar, la “clase media establecida” acapara capital social y cultural, además de dinero, aunque sin llegar al máximo estatus de privilegio encarnado por las élites.
Los responsables de este novedoso dibujo de la sociedad británica subrayan el hecho negativo de que en pleno siglo XXI todavía un 15% de los ciudadanos debe lucha día a día por la pura supervivencia, absolutamente dependientes de las ayudas públicas, sin dinero, estudios o cualquier tipo de interés cultural. Pero subrayan la riqueza y complejidad de un tejido social en el que los tradicionales baremos de la riqueza y la ocupación del individuo han quedado obsoletos, en pro de otras consideraciones como su implicación en el entorno social o la naturaleza de sus intereses y actividades culturales, que otorgan un valor adicional e importante a la vida de las personas.

 Los nuevos ‘vándalos’ de Brasil

Las Navidades de 2013 serán recordadas como aquellas en las que Brasil trató como gamberros a chicos pobres, la mayoría de ellos negros, por haber osado divertirse en los centros comerciales donde la clase media hace las compras de fin de año. A través de las redes sociales, centenares, a veces miles de jóvenes, se ponían de acuerdo para lo que llaman "rolezinho” (un paseo) en centros comerciales próximos a sus comunidades, para “hacer jaleo, dar unos besos, flirtear, divertirse, sin robos”. El sábado, 14, decenas entraron en el Shopping Internacional de Guarulhos (Estado de São Paulo), cantando estribillos de funk da ostentação (un tipo de música que exalta la ostentación). No robaron, no destruyeron, no portaban drogas, pero aún así 23 de ellos fueron llevados a comisaría sin que nada justificara la detención. Este domingo, 22, en el Shopping Interlagos, varios fueron revisados a su llegada por un fuerte despliegue policial: según la prensa, una base móvil y cuatro furgones, cuatro unidades de la Polícia Militar, una del Grupo de Operaciones Especiales y cinco coches de seguridad particular para montar guardia. Varios jóvenes fueron “invitados” a retirarse del edificio por tener apariencia de funkeiros, como dos hermanos que empujaban al padre, amputado, en una silla de ruedas. De nuevo, no se registró ningún hurto. El sábado, 21, la policía -a la que llamó la administración del Shopping Campo Limpo- no constató ningún “tumulto”, pero varios vehículos y motos de la Policía Militar permanecieron en el aparcamiento para inhibir el rolezinho. Algunos policías entraron en el centro comercial con pistolas de balas de goma y bombas lacrimógenas.
Si no hay crimen, ¿por qué la juventud pobre y negra de las periferias del área de São Paulo está siendo criminalizada?
Primero, a causa de su entrada. Los centros comerciales fueron construidos para mantenerlos del lado de fuera y, de repente, osaron traspasar el límite. Y lo hicieron reivindicando algo transgresor para jóvenes negros y pobres en el imaginario nacional: divertirse fuera de los límites del gueto. Y desear objetos de consumo. No neveras y televisores de pantalla plana, símbolos de la llamada clase C o nueva clase media -la parcela de la población que ascendió con la ampliación de renta en el Gobierno Lula-, sino marcas de lujo internacionales, aquellas que se pretenden exclusivas para una élite, en general blanca.
Antes, el 7 de diciembre, cerca de 6.000 jóvenes habían ocupado el aparcamiento del Shopping Metrô Itaquera, y también fueron reprimidos. Varios rolezinhos se organizaron a través de las redes sociales en diferentes centros comerciales de la región metropolitana de São Paulo hasta el final de enero pero, por miedo a la represión, muchos han sido cancelados. Sus organizadores, jóvenes que a menudo trabajan comochicos de los recados, temen perder el empleo al ser detenidos por estar donde supuestamente no deberían estar – en una ley no escrita, pero siempre cumplida en Brasil-. Los agentes de seguridad de los centros comerciales recibieron orientación para monitorizar a cualquier joven “sospechoso” que esté delante de un escaparate, aunque sea solo, deseando gafas de Oakley o tenis Mizuno, dos de los iconos de losfunkeiros da ostentação. En vísperas de Navidad, Brasil muestra la cara deformada de su racismo. Y necesita encararla, porque el racismo sí es un crimen.
Eita porra, que cheiro de maconha” (algo así como "Joder, qué olor a marihuana") era el estribillo que cantaban los jóvenes al entrar en el Shopping Internacional de Guarulhos. El funk es de MC Daleste, que homenajea en su nombre artístico la región donde nació y se crió, la zona este, la más pobre de São Paulo, aquella que cada verano se inunda con las lluvias por obras que los sucesivos gobiernos siempre aplazan, aplastando sueños, enterrando casas, matando adultos y niños. Daleste murió en julio de un tiro en el pecho durante un show en Campinas (a unos 100 kilómetros de São Paulo). El asesinato es la primera causa de muerte en Brasil para los jóvenes negros y pobres, como los que ocuparon el Shopping Internacional de Guarulhos.
La policía reprimió, los comercios cerraron, la clientela corrió. Una testigo dijo la frase-símbolo a la reportera Laura Capriglione, de Folha de S. Paulo: “Tiene que prohibirles a este tipo de maloqueiro [término despectivo para habitantes de zonas pobres de las favelas] entrar en un lugar como este”. Los días siguientes, en diferentes webs de periódicos, los lectores definieron así a los rolezeiros (vea entrevista abajo): “maloqueiros”, “bandidos”, “prostitutas” y “negros”. Negros emerge aquí como palabra ofensiva.
El funk da ostentação, surgido en la Baixada Santista y la región metropolitana de São Paulo en los últimos años, evoca el consumo, el lujo, el dinero y el placer que todo eso otorga. En sus videoclips, los DJs aparecen con cadenas y anillos de oro, vestidos con ropas de marca, en coches caros, rodeados de mujeres con mucho culo y poca ropa. (Para conocer el funk de la ostentação, vea el documental aquí). Distinto del núcleo duro del hip hop paulista de los ochenta y noventa, que renegaba del sistema, y también del movimiento de literatura periférica y marginal que, al inicio de 2000, defendía que para consumir, se comprasen marcas producidas por la periferia para la periferia, el funk da ostentação coloca a los jóvenes -aunque para la mayoría solo en la imaginación- en escenarios hasta ahora reservados para la juventud blanca de las clases media y alta. Esa, tal vez, sea su transgresión. En sus vídeos, los DJs tienen vidas de ricos, con todos los símbolos de los ricos. Gracias al éxito de su funk en las comunidades, muchos DJs se enriquecieron de verdad y tuvieron acceso al mundo que celebraban.
Esta exaltación del lujo y del consumo, interpretada como adhesión al sistema, hizo el funk da ostentação incómodo para un sector de los intelectuales brasileños e incluso para parte de los líderes culturales de las periferias de São Paulo. Ahora, los rolezinhos – y la represión que les siguió– le añaden a esta vertiente del funk un componente de insurgencia, celebrado estos últimos días por voces de la izquierda. Al ocupar los centros comerciales, la juventud pobre y negra de las periferias no estaba solo apropiándose de los valores simbólicos, como ya hacía con las letras del funk da ostentação, pero también de los espacios físicos, lo que marca una diferencia. Y, para algunos sectores de la sociedad, agrega un contenido peligroso a aquello que era denominado [porque no hablaba de violencia, sino de ostentación] “funk do bem”.
La respuesta violenta de la administración de los centros comerciales, de las autoridades, de la clientela y de parte de los medios demuestra que esos actores leyeron la entrada de la juventud de las periferias en estos establecimientos como un acto violento. Pero la violencia era justamente el hecho de no estar allí para robar, el único acto en que se acostumbra a ver jóvenes negros y pobres. Entonces, ¿cómo encajarlos? ¿en qué lugar colocarlos? Prefirieron concluir que existía la intención de hurtar y destruir, algo más fácil de aceptar en lugar de admitir que solo querían divertirse en los mismos lugares que la clase media, deseando los mismo objetos de consumo que ella. Llevaron a parte de los rolezeiros a la comisaría. Aunque tuvieran que soltarlos luego, porque no había motivos para mantenerlos allí, el acto ya los ha estigmatizado y señalará sus vidas, como históricamente se ha hecho con los negros y pobres en Brasil.
Jefferson Luís, 20 años, organizador del rolezinho del Shopping Internacional de Guarulhos, fue detenido, es blanco de investigación policial, su madre lloró y él acabó cancelando otro rolezinho ya programado por miedo a sufrir más. Auxiliar en una empresa, ahorró un mes de salario para comprar la cadena dorada que lleva al cuello. Jefferson dijo al periódico O Globo: “No iba a ser una protesta, iba a ser una respuesta a la opresión. Uno no se puede quedar en casa encerrado”.
Por esta subversión no será perdonado. Los jóvenes negros y pobres de las periferias de São Paulo, en vez de contentarse con trabajar en la construcción civil y en servicios subalternos de las empresas de lunes a viernes y quedarse encerrados en casas sin servicios básicos el fin de semana, también quieren divertirse. Zoar, como dicen. La clase media acepta que quieran pan, que quieran nevera, se siente más incomodada cuando llenan los aeropuertos, pero ¿divertirse, y en centros comerciales? Otra frase de Jefferson Luiz: “Si yo tuviera un cuarto solo para mí ya sería una ostentación”. Divide una habitación en la periferia de Guarulhos con ocho personas.
Estas Navidades, los funkeiros da ostentação parecen haberse convertido en los nuevos “vándalos”, como son llamados todos los manifestantes que, en las protestas, no se comportan dentro de la etiqueta establecida por las autoridades y por parte de los medios. En las primeras noticias, el rolezinho del Shopping Internacional de Guarulhos fue tachado de “arrastão” (avalanchas humanas que crean confusión para robar). Pero no había arrastão. El antropólogo Alexandre Barbosa Pereira hace una provocación precisa: “Si fuese un grupo numeroso de jóvenes blancos de clase media, como sucedió varias veces, ¿sería interpretado como un flash mob?”.

La rebelión de los excluidos

Tras la ola de protestas sociales iniciada en junio del año pasado, comienza a dibujarse un nuevo fenómeno social en Brasil. Losrolezinhos comenzaron a acaparar atención cuando el pasado 7 de diciembre cerca de 6.000 jóvenes se reunieron a través de las redes sociales en el centro comercial Metrô Itaquera, en la zona este de São Paulo, una de las regiones más pobres de la ciudad.
El grupo, en su mayoría negros y mestizos, apareció en el centro comercial que se autodefine como un “emprendimiento para la nueva clase media”, vistiendo sus gorras y bermudas y oyendo funk. Desde aquel día, al menos otros cuatro rolezinhos, definidos por la policía como tumultos, se repitieron en diferentes grandes superficies del Estado con casos de robo aislados. En todos, causaron pánico entre los dependientes y compradores.
Brasil colecciona historias de discriminación en sus centros de consumo. El último mes de diciembre, un músico cubano negro consiguió una indemnización de 6.700 reales (2.800 dólares) porque la Justicia consideró que fue víctima de prejuicio al ser abordado y llevado a una sala por los vigilantes del centro comercial Cidade Jardim, el más lujoso de la ciudad, donde iría a actuar. En el año 2000, un grupo de habitantes de una favela de Río llegó en autobús a un centro comercial de la zona sur para mostrar a los medios como los dependientes y vigilantes de seguridad les recibían con prejuicio y “cara de asco”.
Pero el último fin de semana, el fenómeno traspasó la frontera de la periferia. La decisión de un juez de prohibir los rolezinhos y amenazar a sus practicantes con una multa de 10.000 reales (4.234 dólares), además de la represión policial vista en un nuevo encuentro de cerca de 1.000 jóvenes en el centro comercial Metrô Itaquera movilizó en las redes sociales a un sector de la clase media de todo el país reaccionario a la violencia policial. Los mismos que fueron reprimidos con balas de goma y gas de pimienta en las protestas de junio. Ahora, diez nuevosrolezinhos están marcados para las próximas semanas en apoyo a los jóvenes de la periferia, entre ellos uno en el JK Iguatemi, uno de los más caros de São Paulo que, con la decisión del juez pegada en sus puertas automáticas, bloqueó la entrada hasta a sus propios trabajadores el pasado sábado.
EL PAÍS entrevistó a cuatro intelectuales que reflexionaron sobre el fenómeno y discutieron su naturaleza, analizaron la respuesta del Estado y de la sociedad y apuntaron su posible rumbo.
El rolezinho es una forma de llamarla atención en el hecho de que Brasil es un país racista y que demuestra que es una manifestación extremadamente política y organizada. No veo nada de espontáneo en este fenómeno. Creo que el debate público en la periferia de Brasil es muy grande. Desde los años 90, la música, la literatura, la poesía, el rap son muy políticos y esos jóvenes se conectan así con la política, escuchan a las personas hablar, debatir, yo incluso ya organicé varios debates con niños en las favelas. Los políticos no están percibiendo que la periferia está cambiando, que no acepta más los desmanes políticos. Hoy conversas con un joven de 15 años de la periferia y sabe todo lo que está sucediendo, presenta las mismas ideas que un joven del centro de la ciudad.
La respuesta de las autoridades ante el rolezinho no es novedad, siempre fue así. Si entraran cinco negros en un centro comercial los vigilantes se quedarán mirando, irán atrás. La policía brasileña es la que más mata a jóvenes negros. Todo el mundo sabe eso. Brasil es un país racista, como la mayoría de los países en Europa o como en los Estados Unidos, eso sucede en el mundo entero y los jóvenes de la periferia están cansados de ver eso. Una niña de 15 años que vivía en una favela recibió 1.000 reales (423 dólares) como regalo de cumpleaños de su padre para comprar un vestido. La expulsaron de las tiendas de marca y no consiguió comprarlo. Tengo una amiga francesa mulata, que llegaba en las boutiques de Ipanema y los dependientes querían echarla, hasta que oían el acento.
Pero el problema no es que las personas sean racistas, es que las instituciones sean racistas. No puedo cambiar el racismo personal, ahora, cuando es el Estado el que es racista tenemos un problema. Esa forma de racismo es la que causa la violencia. Una clase media inteligente va a entender que esa forma con la que tratan a esas niños en los centros comerciales es uno de los principales motivos que causan violencia.
La clase media tiene que abrazar esa causa para vivir en un país mejor. Robo y asaltos masivos siempre hubo en cualquier situación. Lo importante es que las personas que no hacen eso están allí también. Lo más importante para nosotros, para la prensa, debería ser el hecho político.
Los rolezinhos nacen de dos sentimientos que se cruzan. El primero, fruto de la inclusión por el consumo provocado por el lulismo. No hubo inclusión social por la lucha por los derechos (motivada por movilizaciones y protestas sociales que, victoriosos, generarían identidad social y política) o por la política (fruto del compromiso sindical o partidario).
La inclusión por el consumo diseminó la idea de que el prestigio social se vincula a bienes adquiridos, si es posible, de los mejores. El segundo sentimiento es el resentimiento, fruto de la condición social de los habitantes de la periferia. No está directamente vinculado al patrón de consumo (varios de ellos poseen casas con televisiones de pantalla plana, celulares y zapatillas de última generación), pero sí al desinterés de los gobernantes (no poseen áreas o programas culturales o de ocio y son tratados con violencia por la policía) y, principalmente, por la discriminación de las clases medias tradicionales.
Por este motivo andan en multitud (más de 1.000 jóvenes en losrolezinhos), porque saben que en pequeños grupos, sufrirán discriminación. En grupos más grandes, toman el espacio que no los acoge con mucho entusiasmo. A partir de ahí, se trata de una acción infantil, ni siquiera adolescente: corren, "barbarizan" con gritos, una acción primaria de demarcación del espacio y una denuncia velada de la discriminación (finalmente, al hacer el bárbaro están reforzando lo que los que los discriminan ya explicitan con miradas de recriminación). No hay señal de enfrentamiento de clase. La señal es de agresividad, pero no de violencia (los freudianos sostienen que la agresividad es señal de defensa y normalidad, violencia es patología). Pero ahí, entran los políticos y la Policía Militar para politizar esta situación. Los políticos se preocupan con la reacción de la clase media, que aún creen que son formadores de opinión electoral (lo que no es un hecho en Brasil, desde 2006, según demuestran varios estudios sobre el proceso electoral).
Movilizan a la Policía Militar que no posee cultura de respeto a la diferencia social. Evalúan cualquier situación fuera del patrón de normalidad impuesto por estas áreas de consumo sofisticado como perturbación del orden. Y atacan, como en cualquier entrenamiento militar. Atacan al enemigo en potencia. Ahí, pueden estar politizando algo que es una reacción infantil.
De hecho, los rolezinhos generan una ruptura de dominio de territorio por una clase o comportamiento específico de clase. Pero no es más que una reacción infantil, de quien se siente discriminado y quiere estar allí y tener prestigio o reconocimiento que, como ya resalté, en nuestro país significa bienes de alto consumo. En pocas palabras: quién está politizando este juego infantil es la PM. Algo similar a lo que ya hizo en junio del año pasado. Y vimos en lo que desembocó.






 

No hay comentarios:

Publicar un comentario